Ganar dinero no es lo más importante ni lo más interesante en la vida. Deberíamos enseñar a la gente a vivir como huéspedes, porque somos huéspedes de la vida, de este pequeño planeta. Hasta que los hombres y mujeres no aprendamos a vivir como huéspedes unos de los otros, el riesgo de guerra y autodestrucción es enorme. Ser huésped significa dejar la casa que has visitado un poco mejor de lo que la encontraste, contribuyendo al bien común sin renunciar a tu identidad. Es un magnífico y difícil asunto. Por eso, no todo el mundo quiere ser huésped. La mayoría de la gente quiere tener raíces, como los árboles. Yo quiero tener piernas, que me parecen más interesantes. Con las piernas puedes irte lejos, subir montañas, cruzar la Tierra... Cuando llega una tormenta el árbol puede caer. Por eso creo que ser exiliado o un huésped es una condicion privilegiada y creativa. No pertenezco a un pasaporte, a un lugar o a un himno nacional. Esas cosas son vergonzantes. La verdad está siempre en el exilio. George Steiner
Ciudades cementerios
Hace algún tiempo en una de las comunidades indígenas más antiguas cercanas a la ciudad de Quito, conocí a varios niños pequeñitos, uno en especial me impresionó, se llama Stalin. Un wawa lindo. Inteligente, juguetón, contestón: lindo. Stalin es hijo de una pareja de la comunidad de San Miguel del Tablón, a la salida norte de Quito. Sus padres, al igual que más de la mitad de los miembros de su comunidad, se fueron para España entre el 2001 y el 2007. Más allá del doloroso abandono típico de los hijos de los migrantes de cualquier lugar del país, el caso de los wawas como Stalin, es que a más de perder a sus padres, perdieron la posibilidad de hablar ellos, como sus padres y abuelos, el kichwa. En una sola generación, se perdió la lengua del cariño entre los niños y niñas de comunidades como San Miguel. Recuerdo también a muchos otros niños, cuyas caritas las tengo presentes siempre, porque las puedo ver en la de mi hijo. En Cayambe, en Guayaquil, en Machala, en Riobamba, Ambato, Guara...
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