Los "verdaderos" indios, espejo colonial de las izquierdas mestizas
A nivel internacional resulta paradójico y hasta sorprendente que el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, ubicado desde fuera en la izquierda política, enfrente graves problemas con el movimiento indígena ecuatoriano. Con base en una exquisita campaña publicitaria, el gobierno ha pretendido usurpar simbólicamente las luchas del movimiento indígena, para capitalizar a su favor, los procesos de resistencia y lucha que tanto caracterizaron a la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), en especial, durante la década pasada.
Sin embargo, los hechos han rebasado la publicidad. En la primera semana de octubre, se han producido una serie de enfrentamientos en la amazonía ecuatoriana, con el saldo de tres muertos, según las organizaciones indígenas de la zona, y de uno según el gobierno y la prensa. Estos hecho, no hacen sino resumir una tensa relación que se ha dado desde el inicio del presente gobierno con la CONAIE y el movimiento indígena.
Más allá de los continuos insultos del presidente hacia los dirigentes indígenas, los temas de fondo están referidos a la minería, el agua y una serie de polémicos decretos que han desvirtuado el sentido original con el que nacieron instituciones indígenas dentro del estado como la Dirección Nacional de Educación Intercultural Bilingüe (DINEIB), entre otras.
En este contexto, quiero plantear una reflexión acerca de por qué finalmente, la Revolución Ciudadana planteada por el gobierno, encuentra tanta resistencia entre el movimiento indígena del país y el amazónico en particular en estos momentos.
El 16 de julio del año pasado, por pura coincidencia, estuve presente en las fiestas de la Virgen de Carmen que se celebraban en la ciudad de Cuenca. Casi por inercia, participé de la procesión y me detuve en el atrio hasta que terminó la fiesta. Quiero relatar a continuación, tres eventos que me llamaron la atención de la fiesta y que pueden aportar a entender qué está pasando en el país en estos momentos.
La fiesta de la “Mamita del Carmen” incluía la procesión, la misa y al final un festival de danza y juegos pirotécnicos. Dentro del festival de danza, tuvieron lugar tres presentaciones que fueron especialmente llamativas. En la primera, un grupo de mujeres de una comunidad cercana a Cuenca presentaron, en homenaje a la Virgen un baile; podían, si se quiere definiciones, ser catalagodas como cholas cuencanas. No estaban disfrazadas, sin embargo todas vestían el mismo color de falda y de blusa. Bailaron una canción de Angel Huaraca, que hablaba de la migración; su forma de bailar fue repetitiva y los pasos de baile muy sencillos. A todas estas, el presentador del evento, un hombre totalmente adecuado para estos actos, anunciaba a este grupo, casi pidiendo disculpas: “aquí no se cierra las puertas a nadie”, “la mamita Virgen del Carmen nos acoge a todos, todos somos hijos de ella, no importa quiénes seamos o de dónde vengamos. Lo importante es poder dar, estar en la fiesta”. Y así las despidió, agradeciendo casi con excusas la presencia de estas mujeres en un evento tan “artístico”.
El segundo número al que me quiero referir era el número de baile de un grupo de jóvenes estudiantes de una universidad de la ciudad. Los trajes indígenas que llevaban eran impecables. El conjunto de música y trajes perfecto, todo muy indígena. Los chicos y chicas lindos: ellas maquilladas, blanquitas, coordinadas y bonitas; ellos sonrientes y fuertes. Nuevamente el inefable presentador, agradecía a este grupo que había dejado en alto el nombre del país y de “nuestra” cultura, y de pasito, remarcaba la grandeza de “nuestra” cultura “andina”.
Finalmente, el tercer acto fue anunciado con bombos y platillos: Se recalcó numerosas veces la presencia de los “verdaderos”. ¿Quiénes son los verdaderos? me preguntaba y mi curiosidad aumentaba con cada anuncio del presentador: “Señoras y señores: estos son los verdaderos!”. Los “verdaderos” eran un grupo de hombres, mujeres y niños de la comunidad indígena de Santa Ana, parroquia rural cercana a la ciudad, que se habían organizado para “vender” “sus bailes”. Totalmente descontextualizado, se mostraba el ritual del matrimonio. Con música y baile, en lo que puede ser considerada una representación teatral, el público cuencano veía un grupo de gente andrajosa, sucia, borracha y violenta. Las expresiones de la gente a mi alrededor se sintetizaban en lo que dijo una señora: “¡estos sí que son de verdad!” Al finalizar el número, tras reafirmar que “el grupo ha dado un mensaje de autenticidad”, el presentador pidió un aplauso de pie para los verdaderos indios.
Efectivamente en el imaginario nacional, el “verdadero indio” sigue siendo sucio, andrajoso, violento y borracho. Nada que ver con los estudiantes universitarios, los profesionales de las más distintas áreas del conocimiento que hoy por hoy, se reconocen como “indios” o “indígenas” o shuar o kichwas o como miembros de cualquier otra nacionalidad.
Pese a todo, para las percepciones nacionales los verdaderos indios están anclados en la imagen añosa y museística de un indio que ha sido el causante del “subdesarrollo” y el “retraso” del país. Sin embargo, nadie reniega de las raíces indias cuando se transforman en “andinas”; este destilado se produce cuando se separa la cultura material de sus productores para “limpiarla”. Así, lo “andino”, sin indios “verdaderos” se vende como mercancía cotizada en las grandes ferias del turismo internacional.
Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con lo que está sucediendo en el país? ¿por qué no se puede entender el planteamiento de la CONAIE ? ¿por qué se ha venido rechazando de manera tan tajante cualquier posibilidad de acercamiento? ¿qué es lo que impide, más allá de la eufórica personalidad del presidente, que exista un real diálogo?
Creo que podrían caber numerosas respuestas. Unas más “geopolíticas” que las otras. Sin embargo, yo quiero apelar a la más sencilla: el racismo. Indudablemente por sí sola es incapaz de explicar todo el complejo panorama que estamos viviendo. Pero sí puede, creo yo, ofrecer unas mínimas pautas para desenredar el ovillo.
Pese a los casi 20 años de presencia activa del movimiento indígena en nuestro país, no creo que se hayan cambiado de manera efectiva las bases del racismo colonial que nos acompaña cotidianamente. Es verdad que ya no es posible insultar públicamente a cualquiera por ser indígena, es verdad que todos reconocen su aporte a la política nacional. Sin embargo, de parte de los mestizos, el movimiento indígena desde hace muchos años venía siendo considerado la “caja chica” del capital simbólico de los distintos movimientos políticos.
Nunca se entendió realmente de dónde venía el movimiento indígena, mucho menos, a dónde quiere llegar. No entienden ahora, quiénes según el recuerdo de mi querido Armando Muyolema, esperaron a la larga marcha de la Organización de Pueblos Indígenas de Pastaza (OPIP), allá por el año 90 a la entrada de Quito, para capitalizar políticamente a su favor, esa marcha que era el fruto de todos, menos de ellos. No entienden ahora que están en el poder, las lanzas, las escopetas, quienes no han visto llorar de desesperación ante la incertidumbre del futuro, ante la fragilidad de sus formas de vida, a las mujeres que ven su mundo derrumbarse. A los hombres que no saben cómo responder a la invasión minera que se anuncia con el nombre de progreso para todos.
Por eso, porque en realidad para los mestizos, el movimiento indígena se convirtió en la caja chica de sus ambiciones políticas, sin llegar a entender el verdadero sentido que los movía y mueve, el presidente se muestra en la televisión tan desconcertado, tan propenso a volver a usar, como allá en los 90, el discurso de que “los indios están siendo usados”. ¿Será realmente que nada ha cambiado entre nosotros los mestizos después de tanto levantamiento? Los indios pasaron de moda, como pasó de moda el tema de género y hasta el de la participación, ahora institucionalizada. Los temas vienen y se van entre quienes se han sentido la vanguardia iluminada y destinada a llevar las riendas de las vidas de todos.
Para no hacer más larga esta reflexión que me deja todavía insatisfecha, quiero volver a los “verdaderos”. Mientras la sociedad ecuatoriana, siga consciente o inconscientemente asumiendo que “los verdaderos indios” son manipulables, sucios, ignorantes, borrachos y violentos; mientras siga aplaudiendo de pie, una autenticidad anclada en el más burdo de los racismos y sea incapaz de mirarse en el indio que siempre estamos tratando de impedir que salga de nosotros, nada habrá cambiado. Y seguiremos tratando de hacer revoluciones ciudadanas, para (retomando la idea de la querida Silvia Rivera), hacer ciudadanos a todos los habitantes de este país, argumentando una inclusión formal de la población indígena en la famosa constitución y en el fondo, continuar con la exclusión real en donde las papas queman: las decisiones políticas en temas como la minería o el agua.
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