¡Muda!

¡Muda! así he andado desde hace un buen rato. Y cuando escribo la palabrita en cuestión, me resuenan dentro todas las entonaciones posibles que suelen acompañarla. Unas más, otras menos, todas me llegan. Porque en estas tierras andinas, dicen que los ciclos míticos tienen su correlato en el silencio y la palabra. Tiempo de estar mudos, de que otros hablen y dominen. Tiempo de hablar y de ser. Y cada ciclo en curso, con la perspectiva del próximo Pachakutik.

El tiempo de hablar me ha regresado (momentáneamente) al oír la voz clara de Mariela Condo(http://www.youtube.com/watch?v=L_HtzfCtLGg). No sólo por lo lindo de su textura, sino porque oírla cantar en kichwa, me ha hecho pensar en eso de los tiempos de silencio y los tiempos de la palabra. Porque canta en kichwa y el ritmo que la acompaña no siempre es el tradicional ritmo andino que se supondría debería estar ahí, resonando entre un idioma que poca gente de este mismo país identifica.

Curiosa y metiche como soy, me puse a buscar en la red, más información sobre esta mujer india con una voz tan linda. Ahí no más, a la primera, ya salieron algunas cositas que se quedaron como moscas fastidiando mi silencio. El titular de una entrevista hecha por una revista digital (http://www.revistacapital.com.ec/?p=238) ya me dejó toda incómoda: “Mariela Condo: el canto mestizo de una voz india”. ¿Qué tiene de mestizo su canto? Me imagino que me van a decir que los ritmos no son indígenas puros. Que tienen influencias de varias tendencias (lo he leído así en la entrevista). Si ella es india, así se define, y canta en kichwa y está orgullosa de hacer esta música en la que reconoce el aporte de su familia y sus abuelos, ¿qué tiene de mestizo su canto?

Por ahí estaban estas moscas ahuyentando mi silencio. Y luego llegan los carnavales, y me invitan a un bautizo de “gente de no creer”. Mestizos a carta cabal, blanqueados, simpáticos, estéticamente correctos. Pero cuando de pronto se dejó de lado la salsa, la cumbia y el merengue y los ritmos tan propios de esta época del año empezaron a sonar, el ambiente se preñó de una alegre nostalgia, que rápidamente sacó de sus asientos a jóvenes y viejos. Todos cantando, todos bailando. Mi colombiano acompañante no podía dar crédito al entusiasmo, a la cadencia, al ritmo (tan ajeno para él), a la alegría del baile en unos cantos tan diferentes de la salsa y el merengue. ¿En qué revista cabría una entrevista a estos apasionados aficionados? ¿Quién querría escribir algo sobre el canto indígena de estas voces mestizas?

Y quiero hacer un énfasis especial en el tema de las estéticas musicales. Nadie duda de la calidad estética de Mariela Condo, cantando en kichwa o en castellano, su voz es hermosa y nadie podría negarlo; los mestizos finos se sentirían dichosos de identificarse con un canto de tanta calidad. Pero, en la estética del canto indígena de las voces mestizas que me rodean, muy pocos son capaces de reconocerse. Solo borrachitos. Cuando nos sale el indio tranquilamente, sin tanto cuidado, sin tanta angustia por lo que podrían decir de nosotros. Cuando el trago nos exculpa de la conciencia y la responsabilidad. ¡Ahí sí! Conozco mucha gente mestiza declarada, casi blancos según ellos, que espera con mucho entusiasmo una “fiesta grande” para poder pagar una banda de pueblo y bailar sintiendo.

Pero Mariela Condo, su voz india y el canto mestizo, son otra mosca en mi oreja. Me pregunto solamente, ¿quién tiene la autoridad para definir qué es indio y qué es mestizo? ¿los/as antropólogos/as? ¿el instituto nacional de estadísticas y censos? ¿los eruditos en cultura y folklore? ¿los que definen las políticas públicas? ¿los que arrastramos “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”? ¿quién será? Y mientras oigo y vuelvo a oír Ari ninka kama, numerosas escenas vuelven a mi cabeza. En medio de la música, aparece la figura querida de la Esthela, una mujer shuar, valiente como pocas. Ella discutía con sus compañeros de la universidad, indígenas y machos, cómo hacer para seguir siendo indígenas, pero cambiando los estereotipos y castigos para las mujeres que habían transgredido ciertas normas cargadas del dominio masculino. Normas que se hacían dolor en el cuerpo de las mujeres. ¿Cómo cambiar y seguir siendo?, nos preguntaba ella.

¿Qué debe cambiar? ¿Qué debe permanecer? ¿Quién decide qué se queda y qué se va? Pero entre tanta pregunta, lo único que me queda claro, es que si Mariela cantara el lindo Ari ninka kama, con un ritmo andino tradicional, aunque que cantase pasillos, en castellano, nadie mencionaría la dualidad indígena/mestizo, como una dicotomía curiosa. Así cantan muchos otros. Pero ella rompe las reglas, y conjuga el kichwa con ritmos y arreglos de otras latitudes. Ella habla y canta en kichwa, y estoy segura de que así, puede conquistar el mundo como indígena. Con la certeza de ser, más allá de los estereotipos definitorios. El tiempo de la palabra llega.

Pero yo sigo en tiempos de silencio y ahí sí, con ganitas de bailar, no me queda más que ceder la palabra al Gerardo Morán (http://www.youtube.com/watch?v=aip7CSxDQnY), bailado y cantado a coro, hasta en el Swiss Hotel, donde se reúnen presidentes y embajadores.

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