Diosa
Diosa
Dos cosas definen mi condición de diosa: el regreso a las
palabras y a mi cuerpo. Cuerpo y palabras no pueden sino ir juntos.
Mirando este blog recordé por qué abandoné las palabras.
Escribí un informe, tal vez el más anodino de cuántos he escrito. Siempre que
hacía informes me sentaba frente a la computadora y ordenaba experiencias y
sistematizaba datos. Nunca han tenido consecuencias en nada. Ni los datos más
estremecedores, ni las cuestiones dramáticas. Hasta esa ocasión, mis palabras
brotaban casi salvajemente; nunca pensaba más allá del momento de sentarme
frente al teclado y el alivio que me producía acabar otro informe más. En esa
ocasión sistematicé los datos como siempre. Nada que no estuviese debidamente
comprobado; nada que no se supiese de antemano. El informe era sobre derechos
humanos de las mujeres (¡vaya tema!). Presenté un caso, debidamente probado,
con grabaciones y testimonios. Hablé de una mujer de Manabí que fue desalojada,
junto con su comunidad, porque el desarrollo tenía que avanzar y Chone no debía
volver a inundarse. El desalojo se produjo a la madrugada y su hijo de 6 años
(tenía la misma edad que el mío en ese momento), quedó detrás del cerco policial.
Ella estaba embarazada y forcejeó durante horas con la policía y el ejército
para poder salir a buscar a su hijo. No se lo permitieron de ninguna manera. El
niño estuvo perdido detrás de los militares durante mucho tiempo. Al cabo de 10
horas escondido, solo y con hambre, volvió al lugar y su madre pudo recuperarlo.
Tres días después, Mireya abortaba de forma involuntaria. Creo que en síntesis
eso fue lo que dije. El informe salió y el despelote se armó.
¿Qué puedo decir? Hasta ese momento no sabía que rechazar a
un hombre podía ser tan complejo. Siempre he sido de una ingenuidad casi infantil.
En ese momento estaba casada. Este individuo parecía ser mi amigo, me era simpático;
yo, la señora de las palabras y la risa no tenía ningún problema en hablar con
él y reírme del mundo. Pero no me gustaba. Sencillamente no me gustaba (¡Qué
problema! ¡Me gustan tan pocos hombres!). En cambio, me gustaba un individuo
que no trabajaba en un organismo internacional, que no era blanco, ni tenía
dinero. Solía disfrutar conversar con él y tomar café en cualquier lugar del
centro norte de Quito. Nunca se me pasó por la cabeza ocultarme de nadie. Un
día, aquel funcionario me vio saliendo de un café en plena risa. Nos
encontramos, crucé las presentaciones de rigor y nos despedimos. Supongo que se
notaba que aquel otro me gustaba. Recibí un mensaje de texto: “algún día te vas
a arrepentir de cambiar botas por alpargatas”. La política y mis palabras
estaban siempre de la mano, pero ni en mis noches de insomnio se me ocurrió
pensar que rechazar a alguien podía incidir en cuestiones políticas.
La revolución ciudadana llegó y el funcionario se alineó. El
amigo desapareció y asomó el funcionario. Alguien me contó que llegó a asesor
de la presidencia. Y ahí estábamos cada uno en un extremo distinto de la
política. Ese fue otro año difícil ahora que lo pienso. Pasaron muchas cosas,
entre esas, la ruptura con mucha gente a la que había considerado amiga. Entre
otras cosas, porque llamaron a decir, entre cariño y bromas, que ellos sabían
en qué colegio estudiaba mi hijo, sus horarios, y que no tenía sentido que yo
siguiera escribiendo. Pero mis palabras seguían a salvo, porque no consideraba
que tuviesen poder sobre nada. El problema comenzó después de que el informe bendito
circulara y “alguien” lo seleccionase para que cadenas nacionales y sabatinas
se encarguen de mí y de mis palabras.
El día de la primera cadena nacional, ni siquiera la
escuché. Estaba ocupada enviando a mi hijo a la escuela; la mañana era como cualquier
mañana de cualquier persona que trabaja. En los corre corre de esas horas no
revisé el teléfono ni sus mensajes. Cuando sonó la primera llamada y era de mi
primo que se solidarizaba conmigo, no entendía de qué se trataba. “Vea las
noticias”, me dijo. Luego el chorro de llamadas. De todos lados. Y esa sensación
de adrenalina que no me abandonó toda la mañana. Me llamaron a una “conferencia
de prensa”. Nunca ha estado en mi cabeza ningún tipo de exposición pública a
ese nivel. Las preguntas de los periodistas sobre las acusaciones; mis palabras
de contrarréplica. Quiso el destino que estuviesen por ahí algunas de las
personas que sí estuvieron la noche del desalojo. Y por defenderme, mencionaron
públicamente el nombre de la mujer en cuestión. Yo no había citado su nombre, por
una cuestión de protección a la persona, lo cual, en las críticas oficiales,
convertía mi informe en una mentira. Pero ese día su nombre circuló en todos
los medios. Los días de sabatinas y adrenalina, pasaron. Tuve miedo, sí. Por mi
hijo, y también porque sabía que su padre, que todavía estaba casado conmigo,
odiaba la vinculación entre mis palabras y la política. Sin embargo, hasta ese
momento mi miedo permanecía puertas adentro.
Con las compañeras con las que había hecho el informe,
organizamos el seguimiento al caso. Ahí se me desbarataron las palabras. Las
letras se fueron disgregando hasta no tener sentido. Al día siguiente de la
famosa rueda de prensa el ejército llegó hasta la comunidad de Mireya; vestidos
en traje de combate, desde los helicópteros bajaron otros funcionarios a
preguntar si efectivamente ella existía, si tenía cédula. No dijeron mucho,
pero los hijos de la mujer se aterrorizaron y después de eso ya no querían
vivir con su mamá. Cuando lo supe el mundo se desbarató. Imaginaba a mi hijo
asustado, escondido en el monte, solo y con hambre. Lo imaginaba sin querer
vivir conmigo porque tenía miedo, miedo de estar conmigo. Y el mundo se me
hacía pequeño e inhóspito. No había a donde salir corriendo. Sentía que no
podía proteger de mis palabras ni a mi hijo, ni a gente tan inocente como los
hijos de Mireya. Era tanta presión. Y yo que amaba las palabras empecé a temerlas.
Fue un tiempo horrible.
Las personas cercanas me decían que resultaba curioso que mi
informe, que no era el más dramático de todos los que se habían presentado en
el libro en general, haya sido seleccionado para las sabatinas. Alguien me
comentó que, tal vez, solo tal vez, algún asesor hubiese encontrado ahí la
oportunidad de vengarse de mis desplantes de mujer que se creía dueña de sus palabras
y de su cuerpo. Nunca lo sabré con certeza. Pero siempre me quedé pensando en
la brutalidad, el racismo y el machismo de la promesa: “algún día te arrepentirás
de haber cambiado botas por alpargatas”.
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