Barca sagrada
Alguna vez el mar me revolcó en la orilla. Fue divertido, no podía pararme porque la velocidad y la fuerza con que llegaban las olas me impedía recuperar el equilibrio. De la mano de mi tía Ade nos reíamos sin poder parar. Sabíamos que era una situación difícil, pero no podíamos dejar de reírnos. Era tan cómica nuestra posición: a dos pasos de la seguridad de la arena, con el agua a la mitad de las canillas y sin poder avanzar. Y además, veíamos a nuestro lado a los otros en peores condiciones que nosotras. De su mano no tenía miedo. Si ella se reía la vida no parecía tan complicada. Ahora ya no está. La Ade se fue. Pero antes de irse nos paseamos juntas por París, caminamos por los Alpes y bailamos solas en mi casa en las fiestas de Quito.
Ha sido un tiempo de olas en seguidilla. La vejez de mis padres. La adolescencia de mi hijo. La muerte de quienes he amado. Las infinitas tareas de la casa. La invasión del trabajo hasta el último centímetro de mi casa. Trabajar para sobrevivir. El divorcio que poco a poco se va haciendo lejano. Las abruptas actualizaciones de la nostalgia. Cada cosa, cada historia, cada urgencia llega como una ola. A veces se distancian entre sí y en otras ocasiones se hacen infernalmente constantes. He intentado vivir este tiempo como si estuviese de la mano de mi Ade. Riendo y esperando que pase. A ratos lo he logrado. Pero el dolor está estancado. Todavía no puedo llorar la partida de mi tía querida, de mi hermana María.
Hace 10 años que no escribía aquí. Hace 10 años era otra. Hay que ver todas las cosas que pueden cambiar en un tiempo tan largo. Lo que una sueña, lo que una espera, lo que hace, las urgencias. Hace 10 años todavía tenía la opción de irme por las montañas y salir y caminar y mirar el mundo y hacer cosas para vivir. Siempre pensé que habían dos trabajos que una debía hacer: uno para sobrevivir, por el que te pagan y cumples horarios, y haces informes. Y otro, el importante, el que haces para vivir. Para sentir la sangre y el viento adentro. Y claro, con 10 años más, descubro qué era envejecer. Releo lo que escribía hace 10 años y aunque no siento nostalgia por la mujer que fui, descubro que tal vez lo más desconcertante es que hoy sé lo que es la vejez y la siento respirar en mi hombro.
Hace muchos más años, cuando vivía en México y era joven, sentí un día la infinita necesidad de irme y estar sola. De no hablar con nadie, de encerrarme a solas con mi alma. Un amigo jesuita me ofreció la posibilidad de irme a una de las casas de retiro de su orden en Cuernavaca. En ese tiempo las cosas pasaban así, fácil y generosamente. Me fui. Pasé una semana en ese lugar. Los primeros días efectivamente no hablé con nadie. Además en ese tiempo no había teléfonos móviles, inteligentes e invasivos. Solo me fui y punto. Todo lo que sucedía fuera de esas paredes, simplemente no existía para mí. Después de unos días me aburrí del silencio y me hice amiga de las señoras de la cocina. Para conocer el mundo hay que ir a las cocinas. Ahí aprendí a hacer sopa de flor de calabaza y ayudé a lavar platos durante el resto de la semana. La cocina, el espacio doméstico ofrece tanto... es verdad que puede ser agobiante, pero al mismo tiempo, ¡pasan tantas cosas! La vida, los goces, los chismes, los consuelos.
Desde hace unos meses, la posibilidad de hacer silencio, de no ver a nadie, de poder estar sola me hacía perder el sueño. Alejarme un poco de la orilla donde pasan las olas a seguidilla, y no cuidar a nadie por un tiempo. Ni a mi hijo, ni a mis padres, ni a los amigos, ni a los perros. El gato se cuida solo, así que a él, en justicia, debo excluirlo de esta lista. Pero para llegar a este punto, tuve que crearme primero mi barca sagrada.
Llevaba un buen tiempo un poco harta de los amores de la vejez. Cuando era joven creía que el amor se asentaría como todo. Que era cuestión de embarcarse, ponerle un poco de buena voluntad y ya. Digamos que seguiría su propio camino y que yo solo debería hacer el trabajo de regar los jardines, plantar y deshierbar, pero que el jardín, que nunca imaginé con plantas caníbales, ya estaba dado. Es decir, parecía que el jardín del Edén sí existía y que solo era cuestión de orientación para llegar hasta él... y que una vez dentro, bastaba con ser buena y no caer en ninguna tentación para no ser expulsada. Pero, como descubrí hace algunos años, toda promesa de paraíso es boleto de entrada al infierno. Y el amor parece que existe, pero no de la manera en que pensaba. El amor parece ser otra cosa, escurridiza. Tan escurridiza que es imposible describirlo. Apenas es posible rastrear su paso, nada más. Y es posible que tal vez yo no cuente con las habilidades necesarias para ser rastreadora. Puede ser.
Así que un buen día estuve pensando cómo estaba. Triste no, tal vez un poco nostálgica, pero no en el drama (debe recordarse que he bailado con mi tía Ade, las dos solas, con un divorcio a cuestas y después de un velorio). Tampoco enojada. No. La vida ha sido esto: cuidar, reír, enojarse, trabajar. Ni indignada, ni molesta. Solo cansada. Cansada de cuidar, de no tener tiempo para llorar las despedidas y de no tener silencio. Eso sí. Así que en eso de que pensaba cómo estaba, me imaginé en modo "diosa de Egipto"; en un barca sagrada, sobre un río sagrado. En mi barca hay vino y frutas, y yo estoy al centro. Tan diosa como puedo. Es decir, miro a los cocodrilos que se acercan a mi (algunos muy mal intencionados), y en lugar de odiarlos o pelear con ellos, les miro con la condescendencia propia de mi condición. Casi casi generosa, les regalo mi piedad y ordeno a alguno de mis eunucos que les tire al agua algún alimento apropiado... Al fin y al cabo, diosa es diosa.
Y después de entrar en modo diosa de Egipto, dejé tirando todo y me vine. Ahora me persigue el celular, pero ni modo, nada es completo en la vida. Estoy en el rincón más hermoso que pude haber imaginado. Entre la neblina de la tarde me siento flotando en el cielo. Y estoy escribiendo, esto y lo otro, mirando el paisaje más hermoso que pude imaginar. Y respondo algunos mensajes para planificar mi regreso al trabajo para vivir. Por cierto, también me atormenta de rato en rato el trabajo para sobrevivir, pero no le daré mucha importancia por ahora. Y me obligué a abrir nuevamente este blog para que aquellas personas con quienes quiero compartir mi retiro del mundo, lean, si quieren, mis devaneos de diosa en vacaciones. Diosa egipcia que además siente fascinación por los huaynos. Así que si van a leer esto, oigan a William. No quiero describirles a qué huele por aquí, pero sin duda me recuerda los senderos del sub trópico que caminé sola, ingenua y feliz a los 19.

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