Nuevo experimento colonial: el decreto 1780

Hay dos escenas que han vuelto a mí al leer la última noticia del gobierno: se ha comprometido a las misiones católicas (a través de otro decreto -1780-): “A trabajar con todo afán en pro del desarrollo, fortalecimiento de las culturas, evangelización e incorporación a la vida socio-económica del país, de todos los grupos humanos que habitan o habitaren dentro de la jurisdicción territorial encomendada a su cuidado, exaltando los valores de la nacionalidad ecuatoriana”. Todo esto sucede, paralelamente a la desarticulación de la Dirección Nacional de Educación Intercultural Bilingüe (DINEIB), puesto que con el decreto, se entrega a diversas misiones católicas, la educación de “los grupos étnicos”, especialmente los amazónicos.

Las dos escenas que han vuelto a mi cabeza al leer esta noticia probablemente aparezcan desarticuladas y descontextualizadas. La primera tiene que ver con los años que viví en Zumbahua dentro de la misión salesiana, los amores profundos que ahí conocí, los caminos que recorrí, y además, las noches de fiesta que siempre me fascinaron. Las fiestas en Zumbahua eran grandes y casi siempre eran en la plaza del pueblo. Conocidos y desconocidos bailábamos como aburridos a casi 4000 metros sin perder el aliento. La escena que recuerdo ahora con claridad inmensa, tuvo lugar una noche en que el Sambo y yo como siempre, nos fuimos a bailar ¡otra vez! sin el consentimiento de los sacerdotes de la casa. ¡Cómo disfrutamos! ¡Qué buen baile tuvimos! Al llegar, nos encontramos con un querido sacerdote, que nos mandó todo un sermón, porque nosotros, que trabajábamos en temas de educación con la misión, habíamos estado bailando y gritando: ¡Vivan los padrinos, los taitas del wawa, vivan los invitados! en la fiesta del hijo del Brujo. Y eso generaba obviamente muchos problemas a la misión, peleada históricamente con el Brujo (así lo llamó el sacerdote). Valga la pena aclarar que pese al sermón, seguimos asistiendo a las fiestas del pueblo, Brujo, incluido, aunque de ahí en adelante, la puerta de entrada a la misión estuviera siempre con candado y nosotros tuviéramos que jugarnos la vida al saltar la pared para entrar y salir.

La otra escena que viene a mi cabeza tiene que ver con los gestos de repugnancia que amigos, alumnos, conocidos y desconocidos muestran cada vez que digo que el famoso músico y cantante Angel Huaraca, es mi ídolo. Mi afirmación es pública e intencionada. Consciente del rechazo que genero, lo hago casi como un acto de fe. Adoro al Angelito Huaraca, porque se dice indio, canta en kichwa, habla de la migración y el dolor que produce y no solo, como se ve a primera vista, se hace la cirugía plástica y en sus cantos hay un doble sentido no muy “decente”. Tengo aquí entre mis archivos, una colección de palabras que mis estudiantes de la universidad señalan cada vez que los obligo a ver un video del Angelito: exhibicionistas, indecentes, indios sucios, música chola, asqueroso. Y eso que no menciono lo que dicen mis amigos y colegas sobre este tipo de música. La reacción es casi previsible: eso es feo, no es estéticamente aceptable.

Pero, ¿qué tienen que ver estas dos escenas, con el decreto 1780 del presidente Correa? Todo. En el decreto, las palabras más repetidas para justificar su emisión son: “incorporación, progreso, valores”. No desconozco el aporte fundamental que la Iglesia Católica ha realizado a los procesos políticos de los pueblos indígenas de América Latina en general y del Ecuador en particular. Sin embargo, el desarrollo de los acontecimientos ha generado dos problemas fundamentales a esta relación antes tan estrecha[1]. A mí modo de ver, el primer problema generado es que, cuando los pueblos y nacionalidades indígenas se han organizado y autogestionado sus propios procesos, la iglesia católica (vertical a más no poder), no ha podido encontrar un lugar en ellos. Les cuesta dejar de ser los “dueños del circo”, aceptar que otros den las directrices del camino a seguir. A todo el mundo nos cuesta dejar de sentirnos los enviados de Dios, con Espíritu Santo incluido, para salvar el mundo, además. Este primer problema es el que no ha podido resolver incluso, la Iglesia comprometida con los Pobres. Y de este se desprenden otro montón de cosas, como por ejemplo, temas relativos a valores, ecumenismo y sexualidades (por mencionar los más conflictivos nada más), campos donde la Iglesia Católica no se siente nada cómoda y dónde paradójicamente, los pueblos y nacionalidades indígenas de hoy, se mueven y tienen los retos más profundos.

El segundo problema que a mi modo de ver existe en torno a la presencia de la Iglesia Católica en los ámbitos indígenas contemporáneos, está profundamente enraizado en los procesos internos de la misma Iglesia Católica. Para nadie, incluidos los propios sacerdotes de la Opción por lo Pobres, es desconocido el clarísimo proceso de retroceso que como propuesta política, de fe incluso, ha vivido esta institución a nivel mundial, y en particular en el país. ¡No en vano tenemos a Mons. Arregui como presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana! Me pregunto ¿qué podemos esperar cuando se haga operativo este decreto? ¿cómo van a ser las escuelas que se llevaran adelante para los “étnicos”?

Pienso ahora en el Centro Educativo Abya Yala, que lleva adelante la misión Carmelita en Nueva Loja. Nada puedo decir sobre la infraestructura que tiene el Centro: es la mejor del país, lugares amplios, bibliotecas que ya envidiarían los mejores colegios de Quito, una interesante propuesta pedagógica. Sin embargo, el encargado del centro no es un indígena, sino un hermano (no sé si sea o no sacerdote), las decisiones las toman los sacerdotes que coordinan y su vinculación con las organizaciones indígenas de la zona es nula. Nadie puede dudar de la calidad educativa que ofrece el centro, sin embargo, mi pregunta siempre fue: ¿y qué tipo de apropiación del proceso político de los pueblos indígenas viven los niños y niñas que vienen a este centro? Me preguntaba también, ¿cómo vivirán la sexualidad estos niños y niñas que vienen aquí en modalidad de internado? ¿cómo se enfrentarán luego a una experiencia educativa a nivel superior (la estatal pienso), donde ni de lejos podrán encontrar lo que ahora tienen?

¿Quién y con qué criterios impondrá lo que se debe y no se debe estudiar en estos nuevos centros a crear?

Conozco bien de cerca el mundo de la Iglesia Católica , respeto y quiero a muchos sacerdotes a quienes considero amigos. Sin embargo, también sé de sus falencias, de sus inconsistencias. Y aquí quiero señalar que mi experiencia de la Iglesia Católica está marcada no sólo por haberla vivido desde dentro, sino porque la he vivido como mujer, y ¡como mujer que piensa además! (lo cual creo que es el problema, por cierto). Miro a quienes están dentro y a muchos admiro, sin embargo, no puedo dejar de mirar que la iglesia sigue siendo un buen mecanismo de ascenso social, donde se apela al “llamado divino” para justificar en muchos casos la presencia de ineptos en cargos importantes. Casi apuesto a que mucha de la gente (no toda por supuesto), que se hará cargo de los procesos educativos de los “étnicos”, será gente sin preparación y sin el menor sentido político de su acción educativa. Y esto lo afirmo simplemente después de mirar los tiempos que corren para la Iglesia Católica.

¿Cómo es que llegamos a esta situación? Creo, muy personalmente cabe decir, que la respuesta a esta pregunta tiene que ver con que lo que mi Angelito Huaraca encarna. Aquel que ha dejado de ser el idealizado indígena encarnado en el Buen Salvaje que nos viene de lejos (de Francia para ser exactos). El Angelito Huaraca es la antítesis de lo que queríamos encontrar en el “indio políticamente correcto”. Y es que creo, que muchos de los llamados “mestizos” que hemos estado apoyando los procesos indígenas, idealizamos un conjunto de seres humanos, sacándolos del tiempo, de la historia, para convertirlos en la corte celestial, donde no cabían intereses personales, ni contemporaneidad, y donde todo era alternativo y “sustentable”: ecológico. Para mí, todo lo que se ha dicho de la EIB , todo el discurso que se ha armado para des-institucionalizarla, para ahora armar este tinglado neocolonial, no es más que nuestra incapacidad para mirar a esos otros exóticos, idealizados, como seres, “tan humanos” como este “nosotros” occidentalizado y falso. Y además, todo esto muestra una vez más la incapacidad para aceptar un proceso civilizatorio desde otra matriz cultural por cierto.
Sigo creyendo en los procesos políticos indígenas, que no se resumen ni están representados en sus dirigentes, cabe señalar. Sigo creyendo en todo lo que el Angel Huaraca representa para mí: un indio real, de hoy, que vive aquí a la vuelta de mi casa, con contradicciones, con búsquedas, con el que no comparto todo, pero con el que me siento identificada, cuando se dice indio, cuando todo el mundo le grita que NO ES, porque usa gafas, y se hace la cirugía plástica y sigue cantando en kichwa; porque algunas de sus canciones tienen una clara denuncia política, porque la gente lo reconoce, e indios y mestizos corean sus canciones, en resumen, porque muestra una cultura viva, contemporánea, que se autorepresenta, que genera sus propias estéticas más allá de la sanción del discurso colonial.

Veremos ahora, a dónde nos lleva este nuevo experimento neocolonial. Creo que hay reactualizar aquella consigna de los noventa: ¡500 años de Resistencia!

Por cierto, a buen entendedor pocas palabras: todo esto se arma preferiblemente en la amazonía, donde Alianza País ha perdido las elecciones municipales, donde Pachakutik tiene más fuerza y donde están los asentamientos mineros que el proyecto desarrollista del gobierno quiere explotar. ¿Alguna otra coincidencia?

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