Mucha política, más café por favor

Hay una historia que todavía no sé, pero que es obvio que está escondida entre el olor del café y el sonido de la música... Cómo contarla?Lo mejor es dejarse invadir por el grito del corazón que atraviesa las venas para instalarse en tu conciencia y dejar que te traiga entonces, la certeza de haber visitado súbitamente todos los rincones del tiempo. Tan súbitamente que se te confunden todas las sensaciones: el placer, el dolor, la sorpresa, la alegría, el llanto. Y todo dura una fracción de segundo. Y entonces de pronto, en medio de la vertiginosidad del segundo que estás sintiendo, aterrizas de pronto en uno de los miles espacio tiempo posibles. Un espacio tiempo al que fuiste convocada desde hace mil de años, cuando el ritual no concluyó por la irrupción súbita de un desconocido en las aguas sagradas. La convocatoria fue sellada en el momento mismo en que fuiste arrebatada a la muerte y dejaste de morir por la curiosidad de ser salvada.Pero hoy, los tres detalles que fueron previstos en aquella convocatoria se han cumplido: un hombre ha despertado llorando en una comunidad que se ubica entre dos ríos que fluyen juntos pero no mezclan sus aguas; una mujer ha sido convertida en piedra tras atreverse a mirar atrás en un pueblo sin pasado; y, ha nacido un animal mítico en la sala de un hospital.Todo se ha cumplido y después de vagar en la eternidad del segundo que precedió, eres colocada en medio de otro espacio tiempo que no alcanzas a definir y en el que solamente puedes sentir. Ni el pensamiento ni el sentimiento tienen cabida. Lo único que cabe son las sensaciones. Pero no todos los sentidos funcionan al mismo tiempo. Por el momento se te ha pedido que te limites al oído y te pierdes en la melodía oscura, pegajosa que se desliza entre el tiempo y vos. Simultáneamente, tu cuerpo se transforma en el sonido de la percusión, en la vibración de las cuerdas y entonces eres tan guitarra como eres aquel tambor que se estremece cadenciosamente a lo lejos. Has sido transformada en música y te quedas vibrando en el aire, sonido solamente, para recorrer galaxias con toda su velocidad. Aquella parte de vos que alguna vez fue música se ha escindido de ti y ahora recorre el universo y sólo tu nombre le recuerda que alguna vez habitó en un solo espacio tiempo.Haz cumplido la primera fase del ritual. Ahora eres solo mirada... sin sonidos sin música ya. Tan solo mirada que redescubre el paisaje. Y de pronto te das cuenta que habitas un pueblo blanco organizado alrededor de una plaza cuadrada cerca, muy cerca de una quebrada. El pueblo está vacío y nada lo habita, ni el sonido ni los olores, tan solo las casas blancas, pobladas de silencio y bañadas por una luz tan especial que recuerda un otoño romano hace 274 años. Nadie lo habita, pero alcanzas a presentir que el color de la luz del atardecer está siendo bebido por alguien en algún lugar. Apenas has empezado a intuir la tarea en aquel lugar y vislumbras la presencia de alguien que todavía no se te es dado conocer. Al momento en que tu razón empieza a preguntar, rompes con la armonía del ritual, y la vista se te es quitada... y tu mirada se quedará prendida a una hora, a un minuto, tan sólo un minuto, cuándo la luz descendía lenta por el pueblo, reptando en busca de la vida.Pero ahora el mundo se transforma en un mar de olores. Tu tarea es descubrir por medio de los olores, a esa presencia. Y entonces te pierdes en un mar de aromas que intenta hundirte. Te pierdes en todos, te embriagas con la facilidad de una adolescente con cada uno de los olores que han existido. Te apasionas con el olor místico de un bosque húmedo y entonces eres bosque, húmeda, fecunda, frágil. Y estás apenas empezando a ser bosque, cuando tu cuerpo es aprisionado entre las miles de manos del olor a tierra mojada y neblina en una noche. Con todo el silencio, con toda la oscuridad, tu cuerpo sólo alcanza a sentir el olor a noche con lluvia, lenta como un adiós; noche que promueve otros olores que te van atenazando el corazón hasta paralizarlo casi. Pero en eso, un olor a leche fresca, a miel nueva, te retrae a la vida y te pierdes en ese olor y empiezas a buscarlo con las manos, tanteando oscuridad.Todo parece indicar que estás cerca de concluir el ritual, porque tus manos han pedido buscar. Pero antes, un escalofrío te recorre al descubrir entre miles, un sólo olor, uno solo que te llama, y aunque no oyes, ni tocas, ni ves, alcanzas a saber, en una fracción del tiempo concedido que tal vez estás siendo buscada, llamada, con la misma intensidad pero también sin la posibilidad de vivir todos los sentidos juntos.El encuentro está fijado, los detalles dados. Pero la llamada no alcanza a ser claridad... porque el olor es sólo instinto, y el instinto no basta para el encuentro; la presencia no alcanza a ser sino sombra y el sonido se conmueve visitando el universo, lejos, muy lejos de vos. Sin sonido, sin mirada, sin olor, te queda solamente el gusto y el tacto. Pero aunque las manos busquen no encuentran.Con una sed que parece haber nacido contigo el día del primer ritual, te lanzas ávida a buscar una gota, tan sólo una gota de líquido. Se te es concedido y se escancia para ti un trago de mezcal. Lo saboreas lentamente y el sabor brumoso de un atardecer que ha cosechado la vida, invade lentamente todo tu cuerpo. Al tiempo, sin casi dejarte sentir el impacto de sentirte viva, acude a tu boca nuevamente el amargo sabor del café. Entonces te pueblas con recuerdos que no acaban de ser. Y tan sólo se van acomodando en ti siete sensaciones desconocidas que se van repartiendo lentamente; como un juego de cartas que se deslizara entre tu piel, tus ojos, tu boca, hasta depositarse todas entre tus manos, frágiles como un niño que busca consuelo.Así que ahí, en ese preciso instante alcanzas a sentir entre tus manos, siete misterios como niños inquietos que quisieran dejar en ti su verdad. Pero no alcanzas a acariciarlos: no tienes voz para preguntarles, no tienes mirada para encantarlos, ni oídos para escucharlos, tan solo la delicia recorriéndote por dentro. El ritual busca devolverte la voz sabia de las galaxias que has visitado; la mirada preñada de un atardecer en un pueblo imaginado: cálido y lejano; el olor dulcemente triste de un trapiche entre la selva; y el gusto del cálido placer de estar viva. Has reunido todo lo necesario; ahora eres capaz de acariciar el misterio.Y ahí te quedas por ahora, dispuesta. Tierra preparada tras la cosecha. Nadie puede decirte, si del otro lado del mundo, un hombre ha abierto la puerta a una fiera enjaulada en una ciudad de oro; si una mujer blanca se ha deslizado entre los renglones del libro de texto de un adolescente indio; y si, finalmente, una flor azul ha nacido en la ventana de una vieja que está muriéndose sola.Bastaría con un retraso de una sola millonésima de segundo y se tendría que esperar otros mil años.

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