Ciudades cementerios


Hace algún tiempo en una de las comunidades indígenas más antiguas cercanas a la ciudad de Quito, conocí a varios niños pequeñitos, uno en especial me impresionó, se llama Stalin. Un wawa lindo. Inteligente, juguetón, contestón: lindo. Stalin es hijo de una pareja de la comunidad de San Miguel del Tablón, a la salida norte de Quito. Sus padres, al igual que más de la mitad de los miembros de su comunidad, se fueron para España entre el 2001 y el 2007. Más allá del doloroso abandono típico de los hijos de los migrantes de cualquier lugar del país, el caso de los wawas como Stalin, es que a más de perder a sus padres, perdieron la posibilidad de hablar ellos, como sus padres y abuelos, el kichwa. En una sola generación, se perdió la lengua del cariño entre los niños y niñas de comunidades como San Miguel.

Recuerdo también a muchos otros niños, cuyas caritas las tengo presentes siempre, porque las puedo ver en la de mi hijo. En Cayambe, en Guayaquil, en Machala, en Riobamba, Ambato, Guaranda, Puyo, Santo Domingo de los Tsáchilas, niños y niñas de ojos pícaros y movimientos tímidos. Niños y niñas, que con suerte alcanzarán a matizar su español con las viejas raíces de las lenguas de sus padres. He recordado esto con mayor claridad, porque esta mañana he leído una frase de mi amigo José Bessa, que escribe desde el Brasil; él dice que poco a poco, “las ciudades se están convirtiendo en cementerios de lenguas indígenas”. No sólo porque ahí están enterrados los últimos hablantes de ciertas lenguas indígenas de la amazonía brasileña, sino, pienso yo ahora, porque las ciudades son el cementerio de la sencilla alegría de no tener que ocultar quién se es o como se habla. La ciudad sigue siendo el lugar más apropiado para el racismo, la discriminación y el maltrato para quien osa hablar, vestir o cantar en una lengua que no es la dominante y al mismo tiempo, el lugar que poco a poco, mayor cantidad de población indígena ocupa sin registro.

Y pienso en todo esto además, porque, fruto de la complejísima situación política por la que atraviesa la Educación Intercultural Bilingüe en el país, me ha tocado ser testigo, juez, parte y mediadora de los debates encendidos en los que he participado en las últimas semanas a raíz del tema del decreto 1585 que despoja de su autonomía a la DINEIB y las actuales negociaciones entre el gobierno y los dirigentes indígenas. Del tema hablan los maestros de las comunidades, los dirigentes, la gente de ONG, simpatizantes y no simpatizantes mestizos del movimiento y del mundo indígena, editores de libros. En fin, me sorprende mucho dos hechos que saltan a primera vista: 1. Todo el mundo quiere y se siente con el conocimiento suficiente para opinar sobre el tema. Y, 2. De todos los debates que hoy por hoy tienen lugar en las mesas de diálogo entre el gobierno y el movimiento indígena, ninguno ha tenido tantas dificultades manifiestas (y de hecho se encuentra paralizada), como la mesa de Educación.

Estos dos hechos de por sí ya hablan de la importancia fundamental que el tema tiene tanto para el movimiento indígena, así como para los otros sectores de la sociedad. Todavía no entiendo bien por qué en el tema educativo y no en otros, se logran condensar de forma tan clara, no sólo las contradicciones entre el mundo indígena y el estado, sino las propias contradicciones internas del mundo indígena y sus procesos políticos; de lo que ha significado la institucionalización de las propuestas indígenas no sólo para el Estado, sino para el propio movimiento indígena. En este contexto, me parece pertinente, abrir un debate más argumentado, menos personalizado, que mire el proceso como tal, es decir, como hechos encarnados en tiempos y espacios concretos que han ido conjugando propuestas propiamente indígenas con negociaciones ya no con el estado, sino desde el estado.

Y aquí vuelvo sobre el tema de las lenguas. Muchas, por no decir todas las críticas que se hacen a la labor de la DINEIB en estos últimos 21 años, giran alrededor del tema de las lenguas. De su escaso uso en las aulas, de la pérdida cada vez mayor de hablantes. En fin, de todos los problemas de peso que circulan alrededor de estos debates.

Nadie desconoce las falencias del sistema de Educación Intercultural Bilingüe. Nadie niega los vacíos en la formación académica tanto de docentes como de alumnos. Lo que no se puede admitir como crítica, es la supuesta “politización” del sistema. Si el sistema no tuviera como fondo propuestas políticas nacidas desde una demanda profundamente indígena, no hubiera podido resistir y replantearse periódicamente al interior del estado. Sino, sería bueno también, analizar las similitudes y las distancias que existen entre la DINEIB y los Gobiernos Locales Alternativos (es decir, vinculados a Pachakutik), que también son un ingreso al estado por parte de las propuestas políticas del movimiento indígena y que sin embargo, han sido cada vez más, “expropiados” de manos indígenas, para convertirse en feudos de líderes mestizos, en la mayor parte de los casos.

Pese a la distancia entre procesos educativos y dirigencias en los últimos años, no cabe duda, de que históricamente, la demanda más sentida, la más peleada después de la tierra, ha sido la educación. Por ello, es demasiado apresurado, propagar esta falsa percepción de que “la partidocracia”, para el caso nombrada como “CONAIEcracia”, se ha apropiado de la DINEIB. No se trata a mi modo, de responsabilizar a personas con nombres y apellidos por procesos que vienen de más atrás y que sin duda trascenderán a las personas. Si bien las personas hacen los procesos, los procesos también nos hacen a las personas. Y en el tema educativo, como en el de la tierra, hay mucho proceso político de por medio.

En este sentido, los temas relativos a las lenguas, a sus problemas actuales, están vinculados no sólo a la limitada acción que la escuela puede realizar en un contexto castellanizante y avasallador, sino a los propios procesos de las poblaciones indígenas que ya no son más campesinos, que ya no tienen tierra (ni bajo las uñas como dice la Ileanita), que están transformando sus religiosidades y finalmente, que cada vez más están en las ciudades.

El hecho de que las ciudades sigan siendo cementerios de las lenguas y las culturas indígenas, seguirá siendo un pecado para quienes nos sentimos comprometidos con las lenguas y los procesos indígenas, simplemente por no aceptar que el mundo cambió y que es necesario mirar las raíces profundamente indígenas de las ciudades, las ramas invisibilizadas de hoy, expresadas en todos los que están aquí y ahora. Para pensar entonces, en devolver aunque sea como lengua 2, las lenguas indígenas a los habitantes urbanos, que aun sin la lengua del cariño (como dice un compañero), no hemos dejado de querer.

Comentarios

  1. El Ministro de Educación, Alianza País, la FENOCIN y la FEINE, argumentan de que la CONAIE se ha adueñado de la EIB, y que ellos la han rescatado para que ya sea de todos. Yo creo que la EIB es un instrumento político de liberación, concebido no solo para la re-producción de las culturas indígenas, sino también para ejecutar el proyecto político de la CONAIE de alcanzar un estado pluricultural y la libre determinación de los pueblos indígenas.
    Creo que el tandem gobiernista ha visto en esto una amenaza contra su propio proyecto político. En la EIB se enseña a los pueblos indígenas a defender el territorio de la voracidad del capitalismo extractor, que es la fuente de financiamiento de la "revolución ciudadana".
    Por eso han decidido arrancar la EIB de las manos colectivas de los pueblos indígenas.
    Estamos presenciando una lucha entre un gobierno que no reconoce el lugar de los pueblos indígenas como actores en el estado ecuatoriano y la aguerrida resistencia de pueblos indígenas que se resisten al saqueo y al exterminio.

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