México se escribe con G
El día en que te mueras te enterraré desnuda para que limpio sea tu reparto en la tierra, para poder besarte la piel en los caminos, trenzarte en cada río los cabellos dispersos. El día en que te mueras te enterraré desnuda como cuando naciste de nuevo entre mis piernas.
Roque Dalton
La ciudad amontonaba sus calles a mi alrededor. Carros, caras, olores, miradas, velocidades varias, peleando por ganar primacía ante mis ojos. Cuánto de turbio había en esas miradas no podría definir. Tampoco podría explicar cuánto de luminosas tenían las sonrisas y las escenas de amor en el metro o en los parques.
Sin embargo ahí estaba yo, de vuelta a desarmar los miedos, a recoger los recuerdos y a cosechar los sueños. Caminar. Caminar la ciudad, recorrerla, palparla, bebérmela, embriagarme de ella. Dejarme invadir por su aire espeso, rojizo. Dejar que su luna llena anaranjada me transforme.
¿Qué ciudad es esta que he amado tanto como he odiado? ¿Qué ciudad puede herir tanto mientras te acaricia suavemente? ¿En qué ciudad sino en esta puede una perderse, convertirse en anónima transeúnte, estatua de sal, mujer enamorada o sueño posible? ¿En dónde sino ahí, puede una recorrer el tiempo a pie, demorarse en las piedras y vertiginosamente volar en metro de un extremo a otro del pacha? Esta ciudad fue mía. Fue mi mundo y yo la hice, la construí aún sin que ella se diera cuenta. Mía y nunca lo supe. Suya y nunca lo supo.
Llena de muros rojos, azules, amarillos, a veces armónicos, a veces colgando apenas. Ciudad que caminé nunca supe cuánto tiempo. La recorrí con la misma pasión con la que ella me rechazaba. Le parecía altisonante mi apariencia descarada: mi blusa que no tapaba mucho en los días de calor; mi forma de caminar, mi manera de moverme, de saludar. Le costaba aceptar que no me había parido, que otra me había hecho y que antes de llegar a sus calles, yo ya me había dejado en otros caminos y que otras aguas me habían amado. Con su celo de ciudad grande, de quien ha visto el paso del tiempo, que ha sido amada y admirada, adornada y comentada, quería que yo me rindiera a sus pies. Que la amara como todos. Pero cuando llegué estaba plena de mi mundo.
Había recorrido mi tierra antes de ir a ella. Me había recostado a la orilla del Lago Grande para ser amada por sus aguas; me había entregado a las piedras geométricas y había permitido que me volvieran a parir entre pajonales. Había caminado lentamente ciudades y campos; el humo de los fogones de los páramos dónde no sé veía más que el horizonte, me había abrazado sin pudor. Y ahí donde todos los que escriben sobre mi tierra, ven silencio, tristeza, abandono y soledad, yo encontré mi vida: la alegría que cala hasta los huesos cuando se baila día y noche sólo por el gusto de bailar, sin tiempo, sin memoria, sin futuro; y la música, la música que invadía cada rincón de mi cuerpo y me volvía siempre al baile. Ahí, entre de los páramos, encontré y perdí varios amores.
Pero ella no podía saber toda esta historia. No tenía tiempo, era demasiado importante y yo era una más. Una más que debía amarla, una más que debía ser seducida por la atrevida magia de sus colores; por sus tibios recovecos que la volvían humana, ¡tan humana! Se suponía que debía ser deslumbrada por los testigos milenarios de su gloria. Y tal vez hubiera sido así sino hubiese caminado tanto antes.
Sin embargo los colores de la selva se habían tomado su tiempo para enamorarme. Me seducían en el cansancio que se apoderaba de mí, cuando después de caminar horas y horas, me detenía arriba en la montaña para mirar desde las nubes los perfiles de los árboles que se confundían a lo lejos con el mar. Demasiadas veces había amanecido entre piedras y con cada salida del sol, un secreto se desvelaba. Por eso lo único que poseía cuando llegué a ella, era mi saco de recuerdos, varias ternuras juntadas de a pedazos en el camino que hice con mucha gente y la certeza terca de que dando gracias a Dios, no pertenecía a ningún imperio y que en esta, mi tierra, la tibieza se emborracha con lo pequeño: las flores, los pájaros, un recodo del camino, la luz del atardecer, el cielo de junio.
No, no me deslumbró. No me enamoré de ella cuando la caminé por primera vez. La miraba con el cariño distante del respeto por lo ajeno. Y no la hice mía, porque míos eran los sueños, los recuerdos, el páramo, las piedras y las ternuras lejanas.
Francamente ella nunca mostró ningún interés especial por mí, por mi mundo. Demasiado grande, demasiados horizontes propios para alzar la mirada e intentar mirar más allá de su propio deseo. Entonces nos enfrascamos en una larga indiferencia. Ella en su vanidosa cotidianidad de ser la siempre amada. Yo ahí en ella, caminándola día tras día, esforzándome por entenderla con mi silencio lejano en su bullicio ajeno.
Nos fuimos entregando lentamente. Después de llorar como cuatrocientas noches, entendí que no debía andar muy descubierta; que mi amada soledad no era bien vista y debía tratar de tener un hombre siempre a mi lado, como por seguridad; que las palabras, sonidos y movimientos que recordaban a mi tierra debían limitarse a las cuatro paredes de mi “territorio liberado”. Un buen día me limpié las lágrimas, asumí los códigos y volví a caminarla. Se hizo la luz: me reconoció, dejé de ser invisible. Empecé a conocerla. A entender el por qué de su fama, de su lucha diaria por seguir siendo la más linda, la más importante, la más grande. A mi modo de ver, eran batallas tontas, porque ella era ya una ciudad hermosa; cada asimetría la hacía linda, cada incoherencia iluminaba su mirada. Pero ella no se veía así. ¡Todos los días una lucha por demostrar quién sabe qué, a quién sabe quién! Esas luchas inútiles a mí me eran indiferentes. Estaba tan deslumbrada con los detalles que pretendía ocultar. Y aquello que más ocultaba era lo que más me parecía lindo: una vocación por acoger a todos, grandes y chicos, lindos y feos; sus tianguis itinerantes que traían a las calles el color, la bulla y un orden impensable en mi tierra. Me encantaban los viajes en pesero y la posibilidad de que el vuelto de mi dinero regresara a mis manos intacto. ¡Sencillamente mágico!
Mágico su Centro Histórico que aprendí de memoria, y del cual sabía todo lo vivo; tal vez no su historia, pero todo lo que estaba vivo en él, yo lo sabía. Mágicas las tardes de sábado en que Coyoacán abrazaba a tantos seres raros. Toda una fauna urbana: los menos agraciados en trance al bailar al son de tambores; intelectuales de café fumando los últimos libros; músicos de nueva ola brindando sus más recientes éxitos; niños caminando libres en medio de la algarabía adulta; organilleros; teatreros buscando público y encontrándolo. Sencillamente alucinante la posibilidad de encontrar tanto cine lindo, tanto libro que aun sin posibilidades de nunca jamás ser mío, podía contemplar como golosina promisoria en librerías y bibliotecas.
¿Cómo no amar los archivos ordenados, nítidas las salas para la lectura? Con esa paz y ese silencio que olían a convento franciscano. ¿Cómo no dejarse seducir por la tranquilidad de saber que en época de secas no llueve y que dependiendo del mes hay mínimos de seguridad sobre las cuáles elegir el vestuario? ¿Cómo no perderse en los sabores tan viejos y tan jóvenes cada día?
Y ahí entre el silencio de salas de lectura, bibliotecas, plazas y la indiferencia de ella, me supe. El silencio obligado me entregó sin palabras mis andanzas por el mundo; sin palabras pero envueltas en la dulce trampa de la nostalgia. ¡Pinche nostalgia! No hay nadie más tramposo que ella. Y aún ahora que escribo sobre la ciudad que amé, sé que estoy nuevamente, presa en la trampa de la nostalgia. Presa y sin posibilidades de escapar a ella.
Ahí fue cuando yo también la hice a ella. Porque la fui tomando despacio entre mis manos hasta convertirla en mi refugio. Con una complicidad que parecía sincera me abrió sus puertas y me dejó llorar mis muertes a sus pies. Mis ojos la convirtieron en una ciudad hermosa, abierta, libre, de horizontes grandes. ¿Cómo no enamorarme de ella cuando me ofreció todo lo que tenía cuando más lo necesitaba? ¿Cómo no irme quedando sin saber en sus parques, en sus calles donde el anonimato me dejó soñar? ¿Cómo no amar la complicidad infinita de su bullicioso silencio cuando mis naufragios por la tierra?
Nunca entendí todo esto, nunca supe el por qué de nuestra historia, hasta el día en que finalmente, me fue devuelta limpia y bien escrita una historia presa en el tiempo. La historia de un hombre intuido, vivido, lejano, amado, llorado, soñado, vislumbrado. Hombre muerto y enterrado en México. Nunca más fantasma.
Roque Dalton
La ciudad amontonaba sus calles a mi alrededor. Carros, caras, olores, miradas, velocidades varias, peleando por ganar primacía ante mis ojos. Cuánto de turbio había en esas miradas no podría definir. Tampoco podría explicar cuánto de luminosas tenían las sonrisas y las escenas de amor en el metro o en los parques.
Sin embargo ahí estaba yo, de vuelta a desarmar los miedos, a recoger los recuerdos y a cosechar los sueños. Caminar. Caminar la ciudad, recorrerla, palparla, bebérmela, embriagarme de ella. Dejarme invadir por su aire espeso, rojizo. Dejar que su luna llena anaranjada me transforme.
¿Qué ciudad es esta que he amado tanto como he odiado? ¿Qué ciudad puede herir tanto mientras te acaricia suavemente? ¿En qué ciudad sino en esta puede una perderse, convertirse en anónima transeúnte, estatua de sal, mujer enamorada o sueño posible? ¿En dónde sino ahí, puede una recorrer el tiempo a pie, demorarse en las piedras y vertiginosamente volar en metro de un extremo a otro del pacha? Esta ciudad fue mía. Fue mi mundo y yo la hice, la construí aún sin que ella se diera cuenta. Mía y nunca lo supe. Suya y nunca lo supo.
Llena de muros rojos, azules, amarillos, a veces armónicos, a veces colgando apenas. Ciudad que caminé nunca supe cuánto tiempo. La recorrí con la misma pasión con la que ella me rechazaba. Le parecía altisonante mi apariencia descarada: mi blusa que no tapaba mucho en los días de calor; mi forma de caminar, mi manera de moverme, de saludar. Le costaba aceptar que no me había parido, que otra me había hecho y que antes de llegar a sus calles, yo ya me había dejado en otros caminos y que otras aguas me habían amado. Con su celo de ciudad grande, de quien ha visto el paso del tiempo, que ha sido amada y admirada, adornada y comentada, quería que yo me rindiera a sus pies. Que la amara como todos. Pero cuando llegué estaba plena de mi mundo.
Había recorrido mi tierra antes de ir a ella. Me había recostado a la orilla del Lago Grande para ser amada por sus aguas; me había entregado a las piedras geométricas y había permitido que me volvieran a parir entre pajonales. Había caminado lentamente ciudades y campos; el humo de los fogones de los páramos dónde no sé veía más que el horizonte, me había abrazado sin pudor. Y ahí donde todos los que escriben sobre mi tierra, ven silencio, tristeza, abandono y soledad, yo encontré mi vida: la alegría que cala hasta los huesos cuando se baila día y noche sólo por el gusto de bailar, sin tiempo, sin memoria, sin futuro; y la música, la música que invadía cada rincón de mi cuerpo y me volvía siempre al baile. Ahí, entre de los páramos, encontré y perdí varios amores.
Pero ella no podía saber toda esta historia. No tenía tiempo, era demasiado importante y yo era una más. Una más que debía amarla, una más que debía ser seducida por la atrevida magia de sus colores; por sus tibios recovecos que la volvían humana, ¡tan humana! Se suponía que debía ser deslumbrada por los testigos milenarios de su gloria. Y tal vez hubiera sido así sino hubiese caminado tanto antes.
Sin embargo los colores de la selva se habían tomado su tiempo para enamorarme. Me seducían en el cansancio que se apoderaba de mí, cuando después de caminar horas y horas, me detenía arriba en la montaña para mirar desde las nubes los perfiles de los árboles que se confundían a lo lejos con el mar. Demasiadas veces había amanecido entre piedras y con cada salida del sol, un secreto se desvelaba. Por eso lo único que poseía cuando llegué a ella, era mi saco de recuerdos, varias ternuras juntadas de a pedazos en el camino que hice con mucha gente y la certeza terca de que dando gracias a Dios, no pertenecía a ningún imperio y que en esta, mi tierra, la tibieza se emborracha con lo pequeño: las flores, los pájaros, un recodo del camino, la luz del atardecer, el cielo de junio.
No, no me deslumbró. No me enamoré de ella cuando la caminé por primera vez. La miraba con el cariño distante del respeto por lo ajeno. Y no la hice mía, porque míos eran los sueños, los recuerdos, el páramo, las piedras y las ternuras lejanas.
Francamente ella nunca mostró ningún interés especial por mí, por mi mundo. Demasiado grande, demasiados horizontes propios para alzar la mirada e intentar mirar más allá de su propio deseo. Entonces nos enfrascamos en una larga indiferencia. Ella en su vanidosa cotidianidad de ser la siempre amada. Yo ahí en ella, caminándola día tras día, esforzándome por entenderla con mi silencio lejano en su bullicio ajeno.
Nos fuimos entregando lentamente. Después de llorar como cuatrocientas noches, entendí que no debía andar muy descubierta; que mi amada soledad no era bien vista y debía tratar de tener un hombre siempre a mi lado, como por seguridad; que las palabras, sonidos y movimientos que recordaban a mi tierra debían limitarse a las cuatro paredes de mi “territorio liberado”. Un buen día me limpié las lágrimas, asumí los códigos y volví a caminarla. Se hizo la luz: me reconoció, dejé de ser invisible. Empecé a conocerla. A entender el por qué de su fama, de su lucha diaria por seguir siendo la más linda, la más importante, la más grande. A mi modo de ver, eran batallas tontas, porque ella era ya una ciudad hermosa; cada asimetría la hacía linda, cada incoherencia iluminaba su mirada. Pero ella no se veía así. ¡Todos los días una lucha por demostrar quién sabe qué, a quién sabe quién! Esas luchas inútiles a mí me eran indiferentes. Estaba tan deslumbrada con los detalles que pretendía ocultar. Y aquello que más ocultaba era lo que más me parecía lindo: una vocación por acoger a todos, grandes y chicos, lindos y feos; sus tianguis itinerantes que traían a las calles el color, la bulla y un orden impensable en mi tierra. Me encantaban los viajes en pesero y la posibilidad de que el vuelto de mi dinero regresara a mis manos intacto. ¡Sencillamente mágico!
Mágico su Centro Histórico que aprendí de memoria, y del cual sabía todo lo vivo; tal vez no su historia, pero todo lo que estaba vivo en él, yo lo sabía. Mágicas las tardes de sábado en que Coyoacán abrazaba a tantos seres raros. Toda una fauna urbana: los menos agraciados en trance al bailar al son de tambores; intelectuales de café fumando los últimos libros; músicos de nueva ola brindando sus más recientes éxitos; niños caminando libres en medio de la algarabía adulta; organilleros; teatreros buscando público y encontrándolo. Sencillamente alucinante la posibilidad de encontrar tanto cine lindo, tanto libro que aun sin posibilidades de nunca jamás ser mío, podía contemplar como golosina promisoria en librerías y bibliotecas.
¿Cómo no amar los archivos ordenados, nítidas las salas para la lectura? Con esa paz y ese silencio que olían a convento franciscano. ¿Cómo no dejarse seducir por la tranquilidad de saber que en época de secas no llueve y que dependiendo del mes hay mínimos de seguridad sobre las cuáles elegir el vestuario? ¿Cómo no perderse en los sabores tan viejos y tan jóvenes cada día?
Y ahí entre el silencio de salas de lectura, bibliotecas, plazas y la indiferencia de ella, me supe. El silencio obligado me entregó sin palabras mis andanzas por el mundo; sin palabras pero envueltas en la dulce trampa de la nostalgia. ¡Pinche nostalgia! No hay nadie más tramposo que ella. Y aún ahora que escribo sobre la ciudad que amé, sé que estoy nuevamente, presa en la trampa de la nostalgia. Presa y sin posibilidades de escapar a ella.
Ahí fue cuando yo también la hice a ella. Porque la fui tomando despacio entre mis manos hasta convertirla en mi refugio. Con una complicidad que parecía sincera me abrió sus puertas y me dejó llorar mis muertes a sus pies. Mis ojos la convirtieron en una ciudad hermosa, abierta, libre, de horizontes grandes. ¿Cómo no enamorarme de ella cuando me ofreció todo lo que tenía cuando más lo necesitaba? ¿Cómo no irme quedando sin saber en sus parques, en sus calles donde el anonimato me dejó soñar? ¿Cómo no amar la complicidad infinita de su bullicioso silencio cuando mis naufragios por la tierra?
Nunca entendí todo esto, nunca supe el por qué de nuestra historia, hasta el día en que finalmente, me fue devuelta limpia y bien escrita una historia presa en el tiempo. La historia de un hombre intuido, vivido, lejano, amado, llorado, soñado, vislumbrado. Hombre muerto y enterrado en México. Nunca más fantasma.
verdad que es este el texto lindo que me enviaste hace un tiempo? pues entre otras cosas al re leerlo, tengo ganas de ir a mexico
ResponderEliminarbesitos tequileros